You are hereQUE NO PRECARICEN TU VIDA: POR EL DERECHO DE LAS MUJERES A UNA VIDA DIGNA
QUE NO PRECARICEN TU VIDA: POR EL DERECHO DE LAS MUJERES A UNA VIDA DIGNA
"artículo UJCE,
edición Mundo Obrero Marzo"
La precariedad es el modo de vida que el neoliberalismo impone a sectores sociales cada vez más amplios, entre los cuales los jóvenes, las mujeres y los inmigrantes se presentan como los más vulnerables. Una vez superados los análisis de la precariedad que reducen esta al ámbito estrictamente laboral, podemos entender que las mujeres son precarias desde el mismo momento en que son construidas socialmente como tales frente al modelo de realización humana universal masculino.
El neoliberalismo establece modelos de proyección vital diferenciados en función del género, la clase social, la edad y la etnia. El patrón de realización personal difundido por la ideología dominante se sustenta en los valores individualistas, meritocráticos y productivistas en permanente ofensiva al desarrollo de lo colectivo como proyecto vital. En este sentido, el abanico de opciones de vida que permite el modelo neoliberal a los trabajadores se caracteriza por la precariedad, estrechamente relacionada esta con las condiciones laborales que sufre buena parte de la clase.
En el caso de las mujeres, el neoliberalismo impone un modelo de proyección vital diferenciado, condicionado por los códigos de género imperantes en nuestras sociedades, caracterizado igualmente por la precarización de la vida desde la agresión múltiple. La precariedad de género es la consecuencia de una vida vivida exclusivamente en función del entorno próximo, con un alto grado de enajenación personal, que tiene su núcleo en la estructura familiar asignada como ámbito de responsabilidad femenina y que siempre cobra su peso a la hora de plantearse una incorporación real e igualitaria al escenario público en todas sus dimensiones actuales.
La vigencia del patriarcado en su fase neoliberal perpetua la existencia de una ciudadanía diferenciada para las mujeres. En la actualidad, la situación de ciudadanía diferenciada no se percibe en el reconocimiento de derechos formales, en tanto que estos se entienden de aplicación universal. Sin embargo, a la no efectividad de tales derechos formales, se añade la notoria influencia que ejercen los códigos de género en el imaginario colectivo, determinando la constricción de las opciones vitales de las mujeres, y en definitiva, la precarización de la vida de estas.
La fragmentación, flexibilidad y desregulación del mercado laboral junto a la privatización de los servicios públicos, que dan una nueva vuelta de tuerca con los planteamientos contenidos en el borrador de la Ley de dependencia, ahondan en los principios que rigen el neoliberalismo, sobredimensionando la feminización de la precariedad.
Desde la Juventud Comunista no podemos apoyar un proyecto de ley que, aun suponiendo un avance en lo que se refiere al derecho de las personas dependientes a ser atendidas, no contempla el fortalecimiento y extensión de los servicios públicos y del papel del Estado en su tarea de garantizar una vida digna a las personas dependientes. Por el contrario abre la posibilidad de que tales servicios sean externalizados a empresas privadas, que muy probablemente emplearán prioritariamente a mujeres, estrechando de este modo la interdependencia del patriarcado doméstico y el patriarcado social.
La privatización de los servicios públicos, la precarización del empleo y de las relaciones humanas encadenan con más fuerza si cabe a las mujeres jóvenes, que aún teniendo una cualificación superior a la que tuvieron sus madres y abuelas en décadas anteriores, continúan accediendo en desigualdad de condiciones al mercado laboral, continúan sometidas a la doble jornada y a una representación de sí mismas que las obliga a relacionarse con su entorno de una manera diferenciada y subordinada cuando no desde la estigmatización.
Las mujeres ocupan un lugar secundario en el mercado laboral, desarrollando los trabajos más infravalorados socialmente, a la vez que perciben un salario inferior al de los hombres por el desempeño de tareas similares, y ocupan las más altas tasas de trabajo temporal y/o a tiempo parcial. España continúa siendo el país de la Unión Europea con mayores índices de paro femenino, siendo las mujeres más jóvenes las que tienen mayores dificultades para encontrar un empleo, y más dificultades aún para que dicho empleo se ajuste a su nivel de cualificación. El alto nivel de segregación ocupacional se hace patente en la existencia de empleos profundamente feminizados, al tiempo que se dificulta el acceso de las mujeres a empleos que históricamente han sido de dominio masculino. Según un estudio lanzado por CCOO, el 86,87% de las ofertas de empleo difundidas en prensa escrita tienen contenido sexista.
Ante este mercado laboral que discrimina y precariza a las mujeres, el gobierno central prevé lanzar de manera espectacular en las vísperas del 8 de marzo el proyecto de ley de igualdad, que se nos presenta como insuficiente, en tanto que los planes de igualdad solo serán de obligado cumplimiento en aquellas empresas con más de 250 trabajadores. Teniendo en cuenta que las empresas de estas características son minoritarias en España, entendemos que la repercusión de esta ley en las condiciones de vida de la mayoría de mujeres trabajadoras será irrelevante.
La división internacional del trabajo contiene también un sesgo de género que se traduce en la feminización de la pobreza y del fenómeno migratorio. Los datos visualizan la situación de pobreza extrema que viven millones de mujeres: De cada 10 personas excluidas , siete son mujeres; De los 27 millones de refugiados que existen en el mundo, el 80% son mujeres.
El empoderamiento en clave feminista que podrían suponer las migraciones femeninas no es tal, en el momento en el que se integran en unas sociedades que las discrimina en tanto que mujeres, inmigrantes y trabajadoras, requiriéndolas solo como mano de obra barata que vendrá a asumir empleos feminizados en el circuito de la economía sumergida, donde solo aquel que posee los medios de producción mantiene intactos sus derechos.
La precariedad es violencia, violencia contra el derecho a vivir dignamente, violencia que se manifiesta en modo extremo a través del terrorismo empresarial y de la violencia de género, en cuyo punto de mira siempre están las mujeres, y especialmente las mujeres precarias, y de entre estas, las más precarias de las precarias: las mujeres inmigrantes.
La violencia de género continua constituyendo la máxima de la dominación patriarcal, del deseo de dominio, control y propiedad que el sistema patriarcal genera en los hombres, disponiendo estos de las mujeres como si de otro objeto de consumo cualquiera se tratase. La ley integral contra la violencia de género que sin duda ha supuesto un avance sin precedentes en cuanto a los derechos de las mujeres, no tendrá los resultados esperados sino se ponen todos los recursos económicos y humanos necesarios para que su aplicación sea efectiva y extensiva a todas las mujeres. Cuando hablamos de todas las mujeres, nos referimos en primer plano a las mujeres inmigrantes sin papeles, las cuales en su mayoría no denuncian las agresiones por temor a que sus datos sean trasladados a las Brigadas de extranjería.
El neoliberalismo ha minado por la vía de los hechos la construcción de espacios de socialización que en otras épocas pudieron suponer un mecanismo para la toma de conciencia de clase y de conciencia feminista, como fundamentos de la lucha por los derechos colectivos. Los espacios de socialización de los trabajadores han quedado reducidos al centro de trabajo y al aislamiento doméstico. Para las mujeres, la negación de espacios de socialización ajenos a la familia, ha significado históricamente uno de los pilares de sustento del sistema patriarcal. Esta división y negación de espacios que ha tenido como consecuencia la precariedad en la participación política y sindical de las mujeres, se hace ahora extensiva al conjunto de la clase trabajadora. De este modo, la precariedad alcanza las formas de participación política, haciendo del raquítico sistema democrático algo ajeno a los intereses vitales de las mayorías precarias. Al igual que las mujeres pelearon su derecho a salir de lo doméstico y a ocupar las calles, los trabajadores hemos de retomar esa lucha feminista y salir a reconquistar espacios y derechos que nos permitan vivir dignamente.
Por ello, desde la UJCE hacemos un llamamiento a todas las mujeres a crear nuevos espacios de lucha colectiva que actúen sobre nuestras condiciones concretas de existencia. A las mujeres trabajadoras autóctonas y a las inmigrantes, a las jóvenes y a las mayores, a las trabajadoras domésticas, a las sindicadas, a las que participan en movimientos político-sociales y a las que pensaron que la política era cosa de hombres. Hacemos un llamamiento a organizarse contra la precariedad, contra la precariedad que impone el género a las mujeres, y que aun violentando nuestras vidas , nos da un doble impulso para luchar por nuestros derechos, desde lo cotidiano y personal a lo político, y viceversa.
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